28 de noviembre de 2008

Cupido tiraba con arco

Cupido, el dios del amor. Quienes piensan que me conocen creerían que esto es una broma. Oir hablar a un animalito presuntamente asilvestrado como yo de algo tan inesperadamente cursi como “Cupido, el dios del amor”. Este es mi primer post, damas y caballeros.

Son las 3 de la mañana, el dolor de espalda consecuencia de estar escribiendo en mala postura me está matando, mañana me levanto a las 7, y lo más original que se me ocurre hacer en esta heladora noche de otoño es seguir pensando en ti, como cada día y cada noche de los últimos… n meses (¿van entendiendo por dónde va la cosa? Pongan sus contadores de idiocia a cero, anímense, pónganlos a cero. Les garantizo que cuando termine de escribir esta noche, y no se cuándo ni cómo será eso, y tampoco sé lo que voy a decir, los susodichos contadores habrán superado hasta mis propias expectativas. Los niveles habrán alcanzado a la Estación Espacial Internacional, y todos estaremos metidos en un espantoso follón de proporciones intergalácticas… y si no… al tiempo).

Había yo afirmado hace unas cuantas líneas sin temor a equivocarme, que estaba pensando en “ti”, donde “ti” es un ser humano (gracias a dios y al mono que evolucionó y a Darwin que explicó la vaina, vamos a ser políticamente correctos cuando podamos. Dios sólo, si es que existe, no lo hizo todo). “Ti” es un ser humano, nacido y criado (muy bien criado por cierto) dentro de la Península Ibérica, en España. Bien, pueden ustedes pues descartar las islas, pero eso tampoco da pista ninguna, así que continuamos.

Resulta ridículo seguir llamándole “ti”, porque “ti” es de escasa entidad, y además si lo dijéramos dos veces seguidas resultaría ridículamente simiesco “titi”. Cambiemos “ti” por otra cosa que no sea el sempiterno Manolo o el ubicuo Pepe tan españoles y cañís ambos. Tampoco se llama así de todas formas. Vamos a ser contrarios a la ola anglosajona que nos inunda y pongámosle un apodo ruso, original, inesperado, como Popov.

A ello. La cosa es como sigue. 3:14 de la mañana y un primer post que no se acaba jamás, porque si hay algo de lo que nunca me canso a parte de beber agua, es de describirle. O mencionarle. O echarle de menos.

Lo he tenido que borrar. 2 párrafos absurdos cuajados de descripciones dignas de cualquier 15añera. Bueno, no de las de ahora. Ni siquiera una 15añera de ahora haría eso. Es más, ninguna perdería su tiempo como lo estoy haciendo yo.

Pensar en Popov al principio tenia su gracia. Ahora va por días. Saber que es una pérdida de tiempo total, es una idea constante. Pero hay días en que me siento completamente estúpida por estar todavía en este nivel de pensamiento, y hay otros días en que intento convencerme de que aquí el único imbécil que hay eres tú, a ver si así consigo cerrar mi cabeza de una vez, y a fuerza de autoinculparme que que eres idiota, al fin de una vez por todas consigo recomendarme a mí misma que lo mejor es olvidarte, me lo creo, y empiezo a mirarte como si de verdad fueras normal.

Popov, como ya se habrán ustedes dado cuenta, no me hace ni maldito el caso, lo cual es normal por dos razones fundamentales.

La primera es que tiene pareja.

La segunda es que Bala Perdida, verbigratia, oui c’est moi, no es precisamente un prodigio. Ni nací Barbie, ni tampoco he sido Miss Simpatía últimamente, así pues, aunque no hubiera pareja, me permito deducir con increible pericia que este individuo tampoco habría sentido la llamada del amor en ningún caso.

No se pregunten obviedades, oigan. Por qué no me olvido, qué espero de esto, qué hago aquí escribiendo a las 3.36 de la mañana. Si yo tuviera estas respuestas y todas las demás, esas que la humanidad lleva siglos buscando, ni ustedes ni yo estaríamos aquí.

¿Qué me pasa? Me pasa que NO puedo evitarlo. Me pasa que le veo y se me quedan los ojos pegados a su espalda como si me hubieran puesto Superglue. Me pasa que cuando decido que ya está bien y me creo lo que digo y estoy firmemente convencida de que he vuelto a mi estado normal, siempre ocurre algo que echa por tierra mis planes primigenios y me veo como hace meses. Me pasa que un día apareció en mi vida, y yo ni siquiera me di cuenta de que estaba allí. Y cuando quise darme cuenta, me vi balbuceando estupideces cada vez que me hablaba, tropezando contra cualquier cosa si estaba de pie, y efectuando todo tipo de malabarismos muy cómicos para quien veía todo desde fuera, muy odiosos para mí, que me temblaban las manos como si tuviera el baile de San Vito. Contamos entre mis grandes momentos de la humanidad autolanzarme el café encima no una, si no dos veces, y una tercera ocasión en la que, a fin de cambiar el ingrediente (quizá queriendo ser más creativa, o más idiota, no sé), lo que me tiré encima fue un zumo. Bien, Bala, Bien. Menos mal que esa primera época pasó… y ahora no me autoderramo líquidos, he podido eliminar el temblequeo de las manos, dejado de balbucear y de estamparme contra el mobiliario. Ahora simplemente soy una idiota más, y echo de menos el balbuceo, porque cuando viene Popov, la cosa empieza bien y por mi boca salen vocablos normales, pero pasado un rato me desato y … pasado otro rato me pregunto por qué no sabré NUNCA quedarme callada on time…

Supongo que ahora entienden aquello que decía al principio sobre sus contadores de idiocia. Yo no sé qué nivel han alcanzado, pero puedo imaginar que a estas alturas estamos ya en un punto más bien preocupante, ¿sí?

Así es como son las cosas. Así es como sigue funcionando el dios Cupido, después de 2 milenios.

Popov tiene cosas buenas y cosas malas. Y no es perfecto. Yo mucho menos, pero lo que quiero decir es que no lo he idealizado (hace meses quizá, pero no ahora). Más bien hay ciertas tendencias suyas que me ponen un poco nerviosita. Y podría tirar de ellas para acabar con esto de una vez, y lo hago, pero no sirve de nada.

El caso es, señoras y señores, que cuando Popov me da algo, y eso sucede poquísimas veces (algo suele ser palabras, un pedazo de su tiempo y ya está), Bala, que soy yo, se emociona hasta extremos inimaginables y ve campos de trigo con puestas de sol y playas eternas de arena blanca y los ojos le brillan como si estuviera en éxtasis. Y eso sólo (ojo, ojito… que estoy para que me lleven a algún inmundo lugar y me examinen el cerebro con berbiquí) porque Popov se siente benévolo y encantador como para darme conversación.

Creo que no debería escoger la expresión “estar enamorada” y aplicarla a mi caso. Debería inventar una palabra nueva porque esto no es normal.

Y dicho esto les dejo observando como sus medidores de idiocia sobrepasan todas las capas de la atmósfera e inyectan (como ya predije al principio) toda su rabia en la Estación Espacial Internacional.

2 comentarios:

MU dijo...

Bueno, la bala y la burbuja sì que se parecen... siempre fijándose en el que tiene menos probabilidades de corresponderles y siempre, SIEMPRE haciendo el ridículo. Te comprendo amiga bala.

fortran dijo...

un gran post, sin duda de los mejores comienzos de blog que he visto por ahí :-)