29 de diciembre de 2017

Razones para sonreir



Apagó el ordenador y se asomó a la ventana. En algún momento tendría que salir al frío de la ciudad, esquivar las mareas de gente que acudía al centro cada Navidad, superar los viajes en Metro y en tren, llenos de pasajeros, y, por fin, llegar a su casa. Hoy montarían el Belén, pondrían el árbol, colocarían los adornos… Hoy era ese día en el que hubiera preferido simplemente la compañía de un buen libro en el sofá.

No le gustaba la navidad. No le había gustado nunca, ni siquiera cuando era niño. Por aquel entonces, imaginar a tres extraños reyes, por muy de Oriente que fueran, entrando en su casa, quizá asomándose a su habitación de niño y dejando por arte de magia unos regalos salidos de la nada, era una idea que nunca le hizo gracia. Por supuesto, desde que nacieron sus hijos, tuvo que fingir y disfrutar con ellos aquellas semanas de fiestas, regalos, comidas familiares y villancicos.

Salió del edificio. Caminaba hacia el Metro pensando en lo poco que le gustaban estas fechas, lo mucho que detestaba el frío, y deseando que pronto llegara la primavera, cuando algo le hizo detenerse, abrir una inmensa sonrisa y sacar un billete de diez euros.

Era un mendigo cuya gorra, colocada frente a él, estaba sorprendentemente llena de monedas y algún billete. Al lado de la gorra, un cartel rezaba: “A MÍ TAMPOCO ME GUSTA LA NAVIDAD, AMIGO. SONRÍO PORQUE TÚ SONRÍES. Y PORQUE SONREIR ES BUENO EN CUALQUIER ÉPOCA DEL AÑO. GRACIAS Y BUENA SUERTE”.

Depositó los diez euros en la gorra y continuó su camino. Al llegar a su casa aún no había dejado de sonreír. Miró a su mujer con ternura y susurró: “feliz Navidad, amor”.

No hay comentarios: