Vivo en una calle estrecha, de una sola dirección, algo larga pero no demasiado transitada, cuyos edificios no se alzan más de cuatro o cinco plantas, en una zona céntrica, con una población cuya media de edad la bajan los inmigrantes, porque el producto nacional lo compone fundamentalmente personal jubilado y dueños de comercio muy abundante en la zona. La zona en sí es bulliciosa, la calle en sí, no. Por las señas arriba descritas, es, o debería ser, una callecita tranquila, pacífica, relajante y silenciosa, pero no.
Manejo dos hipótesis, a saber:
hipótesis número uno: un alma malvada inspirada directamente por Satán ha escondido cientos de minúsculos amplificadores en toda mi manzana, de tal forma que cada sonido se magnifica hasta lo imposible y llega a mis oidos multiplicado por cien mil haciendo que se me disparen los nervios.
hipótesis número dos: de todas las calles posibles de este barrio, todos los seres ruidosos, los datos ruidosos y los momentos ruidosos, tienen que ocurrir justamente AQUÍ, debajo de la ventana de mi casa. La concatenación de hechos que, gracias a la teoría del caos conductora de las leyes del universo (o al revés), provoca que esto suceda, para mí es un gran misterio, pero, les aseguro, ladies and gentlemen, que ocurre, todos los días.
Ilustro mis hipótesis con algunos ejemplos.
El parque móvil de mi ciudad es notablemente moderno. Apenas quedan coches anteriores a 1990. Los que hay, están todos en mi calle. Todos tardan en arrancar al menos 5 intentos, a todos les suena el motor que es un primor oirlo, huele a gasolina un horror (especialmente si tienes la ventana abierta) y... lo que es importantísimo... las puertas... todas las puertas.... cierran MAL. Siempre hay que cerrarlas con un portazo espectacular que se oye en Laponia, y la mayoría de las veces hacer dos intentos a cual más enérgico. Muy agradable a las 12 de la noche cuando estás medio inconsciente viendo la peli...
El camión de la basura, ese gran amigo de los que vivimos en pisos bajos. Sí, todo el mundo conoce los abismos de la contaminación acústica infernal provocada por estos vehículos malditos. Mi calle, niñas y niños, bate records. Por mi calle pasan 2 de estos cada noche. Uno a las 12 y otro, para que me cague en sus muertos otra vez, a las 12:30. ¿Qué demonio recoge el 2º camión? Es más ¿Qué tritura? No lo sé, no me importa. Pero se detiene en el mismo punto kilométrico, y hace exactamente la misma función sólo que tarda 5 minutos más (cronometrados). Are you kidding meeee??
El coche rojo del amigo sordo del chino. Abajo hay un chino que vende cosas de comer. El chino tiene un amigo con un coche rojo que no es chino, es sordo. El chino también está sordo, pero esta es otra historia. El sordo del coche rojo y sus colegas son amigos de la música bacalao a todo meter, y se paran con su coche rojo y la maldita música durante al menos 30 minutos cada jueves a eso de las 11:00 u 11:15 pm hora local. Tung tung tung, pumba pumba pumba. Después se van, y vienen los dos camiones de basura. Crinch, crinch, uahh, uahh, bbrrrr, brrrr. Todo un carrousel de alegrías sonoras.
Y luego está el regular. El regular es un vecino que justo justo cuando estoy cogiendo el sueño los días que me acuesto más tarde, va el condenado y hace su necesidad, el pisilín (o lo que sea) de las 2 de la mañana. No falla. Traca. 2:00 am, tira de la cadena y me desvela el tío. Nuestras paredes son de papel de fumar.
Más. Las criaturas de la noche revuelve-escombros. En mi calle existe un edificio en construcción (lenta) desde hace un año y medio. Y por lo tanto muchos escombros. Entre la 1:00 y las 2:00 am en noches no fijas de la semana, una de ellas SIEMPRE en fin de semana (no falla), unos seres no identificados (humanos, esperemos) se dedican incomprensiblemente a revolver con energía los escombros acumulados a resultas de las obras del edificio mencionado. Repito: Revolver. Al principio pensé que se llevarían algo. Pero no. Los revuelven. Lo ví. Observé. Venían, revolvían armando un escándalo de maderas y hierros insoportable, y se iban. Misterio.
Los niños malditos. Hay dos. Uno en la calle, uno o dos días a la semana, botando una pelotita hacia las 10:30 pm, que es peor que la tortura china de la gota. Se tira más de una hora con la pelotita, y la pelotita venga a botar contra el suelo y mi cerebro venga a elegir entre quemar la pelotita o comerse al niño. Porque los botes encima hacen eco. El segundo niño maldito recibe por mi parte el apodo de Damien, no hace falta que lo explique. Vive encima de mí. Damien corre. Ininterrumpidamente. En un piso tan diminuto como el mío, todos los días desde las 20:30 hasta las 22:45 aproximadamente, sin hacer ni una sola pausa, y, esto es lo más extraño, sin chocarse contra nada, hecho inaudito dadas las dimensiones de nuestras respectivas viviendas y la velocidad de sus evoluciones deportivas. Mis suposiciones: Damien vive solo, Damien vive acompañado pero el piso no tiene muebles, Damien es una criatura ridículamente minúscula y por eso no se choca con nada, Damien no es tal sino un vecino tocagüevos dando golpes contra el suelo pertrechado con dos palos de escoba. Si es humano y es niño, está maldito o es hiperactivo, que viene a ser lo mismo.
El día que Niño Maldito 1 y Niño Maldito 2 (Damien) coinciden, me han matao. Si además ese día es jueves, estoy a punto de ingresar en un psiquiátrico. ¿Quieren que les explique? Pues tómense una biodramina que empezamos el periplo. Supónganse en jueves, a las 19:00 hora local peninsular.
Es más que probable que un automóvil anterior a 1990 haya arrancado debajo de mi ventana, su piloto y copiloto hayan cerrado puertas más de una vez con enorme estruendo, causándome ya el primer sobresalto de la tarde. Miniestress. El taller de motos sito en mi mismo portal, que aún no había mencionado, cierra a las 20:00, por lo que algún acelerón y rugir de motores seguro que me estoy tragando. Hacia las 20:00 aparentemente todo es sosiego porque el taller cierra, la mayor parte de los demás comercios también, y pasan 30 minutos de alegría y paz crepuscular hasta que a las 20:30 el Niño Maldito 2, nuestro amigo Damien, comienza sus entrenamientos en el piso de arriba: plat, plat, plat, plat, plat, plat... es el molesto sonido que yo oigo desde esa hora hasta dentro de aproximadamente dos horas después, sin un solo minuto descanso.
...plat plat plat plat... hasta que el Niño Maldito 1 llega con su mamá, que se detiene a comprar en el chino y a parlotear con él un rato disturbadoramente largo (¿En qué idioma? El español del chino es limitado. Además está más bien sordo. La señora no tiene pinta de estar estudiando chino mandarín ni cantonés. Gran incógnita). Entonces al "plat plat plat" de las carreras de arriba, se une el molestísimo "sot sot sot sot...." de una pelota que bota sin descanso y encima con eco en la calle de abajo. Ambos sonidos llegan a simultanearse durante un rato, hasta que el atlético Damien decide que es hora de dormir y entonces sólo se oye la pelota botando...
... pero claro... es jueves y ya son casi las 23.15, así que mientras la pelota bota, llega el coche rojo del amigo sordo del chino que también está sordo, y entre acelerones y mucho bacalao ("¡Tung tung tung, pumba pumba pumba!"), se planta debajo de mi portal, donde ya no hay quien oiga pelotas ni puñetas, porque entre motores y ritmos insoportables no se escucha nada más. Total, unos 20 minutos gratis más de estress auditivo.
Cuando el coche rojo del amigo sordo del chino de abajo da el acelerón final y se larga, se lo digo en serio, Señoras y Señores, una casi se levanta y besa el suelo de puro agradecimiento. El silencio es una bendición. Pero una bendición que viene medida en minutos. Unos 15 para ser más concretos. Porque claro, el ayuntamiento es igual de preciso que el coche rojo del amigo sordo del chino. Y hace su aparición en el momento preciso en forma de camión de la basura animando la noche con sus "Crinch, crinch, uahh, uahh, bbrrrr, brrrr". Y después llega el segundo camión, ese que debe ser fantasma pero que hace el mismo ruido durante cinco minutos más que su compañero anterior, y después llegan los misteriosos revolvedores de escombros.
Total, que los jueves entre las 7:00 de la tarde y la 1:00 de la mañana, existe en esta calle aparentemente pacífica y recoleta, tal animación en forma de revolución acústica que, si llego a poner un medidor de decibelios, salta por los aires y se choca contra los individuos de la Estación Espacial Internacional dejándoles a verlas venir.
...Ya... después de este periplo de sonidos la casa está en calma... se acerca la 1:45 y estoy a punto de apagar la luz porque los ojos se me cierran... y por fin llega la hora de dormi....¡¡¡swuoshhhh!!!... ¿Se les había olvidado, verdad? ¡¡Pues a mí no!! Muchos jueves como éste, cuando ya estoy a punto de conciliar el sueño, con los ojos cerrados, después de haber sido sometida a tal tortura de audio, como no tenía suficiente, llega el puñetero de mi vecino regular, se alivia fisiológicamente a en torno a las 2 de la mañana, tira de la cadena con un pensamiento muy higiénico, y ¡¡me desvela completamente!!
Todo esto sucedía el primer año después de trasladarme al sitio donde vivo ahora.
Después, aprendí a adaptarme:
1) empecé a salir los jueves (muchos, no todos) y a no llegar antes de las 2 de la mañana
2) regulé mis horas de sueño acostándome justo después del segundo camión de la basura
3) para evitar que la acústica del ambiente reventara TODAS las pelis que veía, empecé a verlas con auriculares...
Hace 3 años


1 comentario:
Estoy en una situación similar. No leí todo el artículo porque era muy grande, pero ese concepto de que ese ruido infernal es placentero, no se de que mente drogada y enferma salió
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