12 de marzo de 2016

Quién os ha engañado...

No sé quién ha sido, pero el engaño alcanza límites insospechados, al menos insospechados para mí.

Nunca he sido mucho de desayunar entre semana. El pan recién salido del tostador en el que muy despacio se derrite la mantequilla que unto en lentas pasadas, lo dejo para los fines de semana.

Entre semana, no obstante, me permito 16 minutos que son sólo para mí, tras vestirme y hacerme la cama. Durante esos 16 minutos, a oscuras en el salón, echo un vistazo a Twitter y Facebook, me fumo los dos primeros cigarros del día, y bebo sorbo a sorbo y muy despacio, mi café.

No sabría echarme a la calle como loca sin esos previos 16 minutos de tranquilidad. No sé lo que es correr por las mañanas ya que me levanto con el suficiente tiempo como para poderme permitir ese cuartito de hora largo, y después llegar al autobús a paso normal. Me da pena la gente que corre por las mañanas. Van angustiados desde la madrugada ya. ¿Que tenéis hijos y yo no, y entonces siempre vais con prisa? Podría ser una buena excusa, si no fuera porque mi hermano tiene tres, de los que se ocupa cumplidamente junto a su mujer, y no les he visto correr JAMÁS. Se puede hacer, chicos.

Lo que más pena me da es la gente que va por la calle con un vaso de cartón (¡de cartón!) andando y bebiendo al mismo tiempo. Me pregunto qué terribles urgencias les impiden tomarse esos 16 minutos de precalentamiento.

Fue en un episodio de Sexo en Nueva York la primera vez que vi a alguien corretear por la ciudad agarrado a una de esas infames tazas de cartón. Y pensé "valiente gilipollas". Pero lo que no pensé fue que esta moda yankee iba a marcar tendencia en nuestra piel de toro. Y lo hace. Comenzó a vislumbrarse aquello cuando en las empresas se instalaron las primeras máquinas de vending (si vienes desayunado de casa, si te traes una fruta o cualquier otra fruslería para matar el gusanillo, si... maldita la falta que hacen las máquinas de vending. Pero lo cierto es que nos han creado una necesidad que no teníamos. Funcionan).

Las primeras máquinas de vending fueron de café y té, entonces expedidos en vasitos de plástico. La primera vez que vi una fue en torno a 1996 o 1999. Nos habían engañado. Poco a poco fueron desapareciendo las benditas cafeteras de toda la vida que en muchos departamentos de muchas empresas acostumbraban a utilizar, para ser sustituidas por este café infame de polvos servido en breves vasitos de plástico. Y no me hagáis hablar del té... Era y sigue siendo infecto. A tenor de lo dicho, pudiera parecer que las máquinas de café no iban a tener mucho éxito. Pues sí, lo tuvieron y lo tienen. Ahora la gente padece una terrible necesidad de pagar 50 céntimos de euro por un café aguado e insípido. Y lo hace todos los días, oiga. Desde hace casi 20 años, sin protestar y en ocasiones más de una vez por jornada.

De ahí hemos evolucionado a ir por la calle con la taza de café en la mano, sin tiempo para pararnos a tomarnos el café tranquilamente, sin tiempo para otra cosa que no sea andar rápidamente poniendo mucha atención a que el café no se nos caiga encima. ¿Quién os ha engañado? Podríais estar en una cafetería tranquilamente acodados en la barra, sentados en un taburete, o ante una mesa. Podríais estar en vuestra casa, sentados en el cuarto de estar o en la cocina frente a una taza de café humeante. Pero no. Elegís beberos el café al mismo tiempo que andáis temiendo perder el autobús, el metro, o el alma.

El café itinerante es uno de los efectos colaterales de estos nuevos tiempos tecnológicos. Hemos aprendido que hay que estar haciendo por lo menos cinco cosas a la vez para ser realmente productivos. Por eso sorprendo a gente que, además de llevar el café en una mano, lleva el móvil en la otra y está, o tecleando con una sola mano, o formando parte de una conversación (a las 8 de la mañana. ¿De verdad hay que hablar de cosas a las 8 de la mañana?). 

Otra versión de esta aberración es la gente que se lleva el café en un termito y se lo va bebiendo en el coche. EN EL COCHE. Conocí a una persona que hacía eso y me provocaba cierta angustia vital verla sujetar el volante con una mano y el termito de café con la otra.  Sin contar con lo peligroso de esta historia, teniendo en cuenta que yo iba de copiloto.

Gracias a este nuevo amanecer tecnológico, ya no somos capaces de concentrarnos en una sola cosa, ni de meditar durante un rato largo sobre un único asunto. A los niños les afecta convirtiéndolos en criaturas hiperactivas e incapaces de mantener la atención, y a nosotros adultos, quién sabe. Se empieza hablando del síndrome de la segunda pantalla, y se termina descubriendo una nueva patología que nos afecta a todos nosotros, incapaces ya de enfocar nuestros pensamientos. 

Pero, oh, maravilla de maravillas. Siempre hay una respuesta para cada pregunta y una solución para cada problema. Los coaches, recién nacidos al mundo laboral y empresarial, han descubierto el maná, y lo llaman Mindfulness. Sabedores de que cualquier término anglosajón va a contar de inmediato con nuestra aprobación, han inventado una cancamusa nueva y la han llamado así. ¿Qué es el Mindfulness? Básicamente utilizar el 100% de nuestra atención cuando encaremos cualquier asunto. Concentrarnos al máximo en estar con nuestros hijos, centrarnos al máximo para disfrutar el momento, enfocarnos con el 100% de nuestros sentidos en esta o aquella reunión... en resumen, poner todos los medios para no dejarnos desviar por el cada vez mayor número de distracciones que amenaza con romper nuestra concentración. Por recetar esto, resumido en tres líneas, se cobran astronómicas cantidades en las sesiones de coaching. Naturalmente, en dichas sesiones, todo va acompañado de palabrería insustancial y las sempiternas presentaciones de Powerpoint, a 4 líneas la diapo, para aderezar todo el asunto. Lo importante es la "técnica".

No sé qué es peor, si tomarse el café corriendo por la calle, o dejarse llevar por un supuesto profesional que, a golpe de chequera, te dice esa frase tan de madre: "hay que estar a lo que se está" que resume en 8 palabras toda la filosofía del Mindfulness de marras. 

Por mi parte, seguiré tomándome el café a oscuras en mi cuarto de estar cada mañana y trataré de concentrarme en lo que hago sin haber pagado previamente 100 euros a nadie para que me diga "tienes que concentrarte en lo que haces".

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