Todos los diciembres me hace lo mismo y, con ochenta y dos años que cargamos ambos ya, cuesta cada vez más. Esta mañana, por complacerla, me he subido otra vez a la escalera haciendo complicados equilibrios, y he sacado del altillo el belén y todos los adornos navideños. Ella me miraba desde abajo satisfecha.
Para qué, mujer, le digo, si este año no van a venir los
chicos ni los nietos. No lo va a ver nadie. Para nosotros, me responde
dulcemente mirándome a los ojos, para nosotros, amor, para que aunque no
salgamos de casa, estas navidades parezcan tan felices y tan navidades como
todas las anteriores. Ella sabe que haría cualquier cosa por darle gusto. Lo
sabe y lo aprovecha, como sabe que ese gusto que le doy al final resulta ser
mío también.
Entre los dos hemos montado el pequeño belén sobre la
chimenea, como tantas otras veces, adornándolo con algunas ramitas secas de
pino. Ella ha ido colocando bolas y espumillón por las ventanas del salón,
sujetando con papel celo lo que no se sostenía por sí mismo. Nos ha costado
Dios y ayuda ponerlo todo a su gusto, porque los dos vamos ya muy despacito y
no damos para más.
Durante el tiempo en que hemos estado colocándolo todo nos
han salido del alma mil anécdotas de otras navidades, de cuando celebramos las
primeras en este piso de recién casados en el que llevamos ya casi sesenta
años. De cuando empezaron a nacer los chicos, de sus primeros Reyes Magos y de
aquellos ojos como platos que se le pusieron a Juanito, el mayor, cuando abrió
la gran caja que contenía el Scalextric. Hemos pasado un buen rato, la verdad.
¿Ven a qué me refería antes cuando decía que el gusto que le doy a mi mujer
resulta ser mío también? Esos recuerdos impagables nos han hecho sonreir a los
dos y mirarnos con ternura, dándonos cuenta de todo lo que hemos construído en
estos años. Al final tengo que besarla en los labios porque parece que si no lo
hago se me va a escapar el momento.
En este año de coronavirus la Navidad va a ser extraña. Ella
me decía esta mañana lo mucho que va a echar de menos a nuestros hijos, cada
uno por su lado y todos en ciudades diferentes, y a esos tres nietos, ya
bastante crecidos, a los que sus abuelos adoran por encima de todo. Teme que
nos olviden, que como son niños pequeños enseguida se ponen a otra cosa y a sus
abuelos que les den morcilla. Yo creo que no va a ser así. Confío en que no sea
así. Antes de que el virus viniera a estropearnos la vida los veíamos mucho a
los tres. Íbamos, venían, nos esforzábamos por estar ahí para ellos así hubiera
que cogerse un tren o cincuenta trenes. Y el año que viene, cuando nos
olvidemos de este mal trago, todo volverá a ser igual que antes. O quizá no.
Pero hay que confiar, porque sin confianza uno se hunde en su sillón y no hace
más.
Esta noche es Nochebuena y Ella dice que está convencida de
que Papa Noel nos dejará regalos por la mañana. Quiá, le digo yo. Aquí no ha
venido nunca Papa Noel, sólo los Reyes Magos y porque estaban los nietos, que
si no a lo mejor tampoco venían. Y torna a mirarme con esos ojos que me
envuelven todo, y me dice que es Navidad, que todo puede ocurrir y que quién
sabe. Yo sigo pensando que si no podemos salir a la calle, malamente vamos a
poder comprarnos regalos de Papa Noel o de lo que sea.
Hemos cenado pato, como cada Nochebuena. No podía ser otra
cosa ni siquiera en 2020. Tenía que ser pato. Nos lo trajo una vecina
amabilísima que nos preguntó si necesitábamos algo. Y el algo fue el pato, que
estaba riquísimo, por cierto. Ella sabe que a mí me gusta cenarlo en
Nochebuena, e hizo todo lo posible por conseguirlo y prepararlo. Al final va a
ser ella quien me dé a mí todos los caprichos y no al revés.
No quería terminar este relato sin contarles lo que ha ocurrido
esta mañana de Navidad. Recién levantado, me disponía a preparar mi primer café
cuando al mirar hacia la chimenea he visto dos pequeños paquetitos de regalo al
lado del belén. Cada uno llevaba una etiqueta con nuestros nombres. Ella estaba aún dormida y me hubiera parecido
desconsiderado abrir mi regalo yo solo. Así que me he sentado en mi sillón a
leer un rato y a esperar, no sin cierta ilusión, para qué vamos a engañarnos.
Al levantarse, Ella ha venido inmediatamente al salón, muy sonriente
y diciendo, ¿ves? ¡Te dije que vendría! Ha tomado los dos paquetitos, me ha
dado el mío, y me ha mirado con picardía. Qué, ¿los abrimos? ha susurrado
melosa.
El mío era un posavasos del bar de abajo, BAR MANOLO, que
lleva abierto quién sabe cuánto tiempo. En el reverso Ella había escrito hace
mucho tiempo “6 de marzo de 1961. Hoy pagamos la primera letra de este piso en
el que viviremos los dos y lo que venga... Te quiero siempre”.
La he mirado con los ojos húmedos recordando perfectamente
ese día. Que ella se tomó un zumo de naranja y yo una cerveza, que el bloque se
acababa de construir, que apenas había gente en el vecindario, que Ella era lo
que yo más amé, que aún lo es hoy.
¿Qué te ha traído a ti Papa Noel?, le pregunto curioso. Ella
abre el paquete con mucho cuidado y saca una gastada foto. Se ve un belén sobre
una chimenea, la nuestra. Somos nosotros, mucho más jóvenes, con nuestros dos
niños mayores y un bebé de meses. En el reverso de la foto Ella escribió:
“Navidades 1966. Las primeras de Pablo. Te quiero siempre”.


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