Se llamaba Luis. No era demasiado alto, ni demasiado gordo, ni demasiado delgado. Usaba gafas. Tenía todo el aspecto de haber sido el empollón de su generación en el colegio. Del profesor Luis recuerdo aquella sonrisa perenne al explicarnos las declinaciones en latín y cuando pretendía meter en nuestras molleras las excelencias del Siglo de Oro español. Hablaba apasionado sobre Quevedo, Lope o Góngora como si los tuviera delante, como si fuera a presentárnoslos de un momento a otro. Salpicaba sus explicaciones con divertidas anécdotas de las que era un firme defensor. Pensaba (y acertó, al menos en mi caso) que con ellas la asignatura entraría mucho mejor y nos sería más fácil recordar a los diferentes autores.
Recorría el aula mirándonos, intentando que al menos uno de
nosotros sintiera tanto entusiasmo por lo que estaba explicando como el que
sentía él. Lo sentía y lo dejaba salir por cada poro de su piel, con cada
inflexión de su voz. Yo ya venía predispuesta porque me gustaba mucho la literatura.
Gracias a él logré enamorarme de ella para siempre. Amor que me ha llevado
hasta este día, hasta estas líneas donde recuerdo a Don Luis como si me hubiera
estado dando clase ayer mismo.
Si pudiera hablar con él hoy,
recordaríamos juntos aquel lejanísimo segundo de BUP, le diría que finalmente
acabé leyendo a todos los clásicos, a todos los románticos y a cada uno de
nuestros insignes autores del Siglo de Oro. Que fue gracias a él, quien con su
pala de profesor vocacional nos fue abriendo camino.


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