A ver por qué espurias razones no iba yo a poder estar aquí, vamos, díganmelo. Ejerzo el estudio y el trabajo igual y a veces mejor que un hombre. No hay más que ver al señor Gutiérrez, esa pobre criatura que en las clases de disección se las tiene que ver y desear para no desmayarse. Gutiérrez no llegará, pero yo sí. A lo largo de estos años de carrera me he topado con complicadísimos casos y, si bien no he podido resolverlos todos a mi entera satisfacción, cabe afirmar que sin duda he hecho un buen papel, a veces muy a pesar del doctor Rosell. Él me reta cada día, no sé si con la intención de convertirme en una estudiante excelente y en una no menos brillante profesional, o simplemente porque me quiere quitar del medio. Soy para ellos presencia incómoda y quizá prescindible. ¿Prescindible? Sean serios, caballeros. Vuelvo a repetir que mi evolución a lo largo de estos años universitarios no ha sido precisamente insignificante.
Hace unas semanas,
en el transcurso de nuestra práctica habitual, me vi en la situación de tener
que examinar y eliminar un absceso que sufría un hombre ya entrado en los
cuarenta. Y se ofendió, sí señor. Primero me dijo que una enfermera no era
quien para hacer tarea semejante. Cuando le aclaré que cursaba sexto de
medicina se envaró e insistió en ver a un, según dijo textualmente, “médico
hombre, un médico de verdad”. Mi muy dilecto amigo y compañero Carles Martí, que
andaba por allí buscando unas pinzas, le aseguró que yo era médico de toda
confianza, que no tuviera dudas sobre el diagnóstico, y sobre todo le solicitó
educadamente que se calmase, porque el buen señor estaba ya poniendo el grito
en el cielo.
Cuando mi
padre, que ha sido mi valedor y la roca en la que me he apoyado estos años, me
pregunta si disgustos como este me están compensando, si no preferiría hacer lo
que “hacen las mujeres a tu edad, Dolors”, siempre le contesto lo mismo. No,
padre. No se puede ocultar la vocación, no se puede ignorar ni esconder. Esta
es la mía y, cuésteme lo que me cueste, voy a alcanzar la meta que me he
propuesto.
Pero los años
pasan deprisa, y pronto me veo en la necesidad de escoger un tema para mi tesis
doctoral. Aunque mi deseo es especializarme en ginecología y pediatría, me
bullían por la cabeza otras ideas para este trabajo de fin de carrera. El mundo
estaba cambiando y las mujeres con él. Había visto aumentar su presencia en la
vida pública y estaba segura de que por fin se nos iba a tener en cuenta.
Anduve días tomando notas sobre diferentes asuntos relacionados con ellas para
dedicarlos a mi tesis, pero ninguno cuajaba lo suficiente. Faltaba algo.
Hasta que lo
encontré. Cuántas veces me había quejado de que la atención a las féminas se
llevaba a cabo con deficiencias en los consultorios médicos. Cuántas de que los
procedimientos utilizados, los mismos que para el hombre, no siempre eran
idóneos. Bajo un título tan aparente como adecuado, “De la Necesidad de encaminar por una nueva senda la
educación higiénico-moral de la mujer” pude dar rienda suelta a todo aquello que me afligía en
cuanto a la higiene y cuidados de las mujeres.
Incluí en mi texto, claro está, al corsé. Desde mi punto de
vista, una abominación que hace difícil a sus portadoras poder llevar una vida
normal.
Cuántas se desvanecen sin causa aparente debido a la presión
que ejerce sobre ellas tan incómodo armazón.
Cuántas lamentan en silencio las marcas que sobre su piel
deja. Algo habría que hacer con nuestras carnes turgentes, pero, ¿por qué
aprisionarlas en aquel invento del diablo?
La decencia, de la que me hago acreedora, bien podría
mantenerse con otro complemento menos invasivo y más confortable. Me molesté en
efectuar cuantos estudios fueron necesarios para demostrar las razones por las
que se debía abandonar la manufactura de una prenda a todas luces perniciosa
para la salud.
La tesis causó
la sensación que yo había deseado, puso a las mujeres en el mapa, y las ayudó a
ser vistas como lo que eran: las compañeras de vida de los hombres, bien
merecedoras de una mayor atención. Seres humanos cuyas enfermedades y
afecciones estábamos los médicos obligados a poner de relieve, a investigar y
mitigar con todas las herramientas de las que disponíamos. El texto sirvió para
“descubrir” procedimientos que no siempre se llevaban a cabo de la forma más
adecuada y principios higiénicos que hasta entonces habían permanecido, si no
ocultos, sí menospreciados. Y sirvió
también para enseñar a las mujeres cómo proceder en variadas situaciones relacionadas
con los cuidados que debían prodigarse a sí mismas y que hasta el momento se
habían resuelto con notables deficiencias.
Mi nombre es
Dolors Aleu i Riera. Pasé, con la calificación de excelente, mi examen final de
licenciatura en 1882, poco después que Marina Castells, primera licenciada en
medicina en España. Ella finalmente no pudo trabajar como médico pues falleció
de parto. Yo presenté mi tesis el año siguiente.
Fui la primera
mujer española en ejercer la medicina, y tanto me llenó que desarrollé mi
carrera profesional durante veinticinco años; desde luego, los más felices y
completos de mi vida.


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