José Luis. Recuerdo su nombre pero no sus apellidos. Recuerdo también que acabó dejando de dar clase para convertirse en un jerifalte del Ministerio de Educación de entonces, hace 30 años. Este profesor, a quien por culpa de mi parca memoria tendremos que apellidar Martínez, nos dio clase de derecho en tercero de carrera. Cuando supe que tendría esa asignatura lo lamenté no poco, porque nada me ha parecido nunca más aburrido que el derecho. El profesor Martínez, su maestría y sus ganas de hacer las cosas bien, consiguieron que esta humilde estudiante obtuviera un 8,5 en el examen final. Lo tenía todo en mi contra, una asignatura aburrida y muy pocas ganas de estudiar. Y, sin embargo, el profesor Martínez fue capaz de conseguir que me interesara por sus explicaciones, que tomara los mejores apuntes y que luego estudiara aquel derecho como si hubiera sido literatura, que lo disfrutase y me apenara el momento en el que llegó aquel fin de curso.
A sus cincuenta y tantos se avino a acompañarnos una noche
de juerga para celebrarlo. Nosotros, veinteañeros irreductibles, no podíamos
creer que aquel señor quisiera salir a cenar y beberse unas copas con nosotros.
Y quiso. Y lo pasó como un enano. Hasta llegué a llevarle en mi ajada Vespino
de un bar a otro. Con su traje y su corbata, pero ya habiendo dejado por el
camino todo rastro de su seriedad docente.
Se me abre una sonrisa recordándolo dar clase, cuando
apuntaba cientos de datos en la pizarra y al volverse hacia el alumnado a
explicarlos, tenía tiza en las solapas del traje, en las mejillas y hasta en
las cejas. Tal era su entusiasmo, tales las ganas de que sus estudiantes acogieran
aquel derecho y lo trataran bien, tomando buenos apuntes y estudiándolos
después. El profesor Martínez fue sin duda lo mejor de ese curso. Tan bueno que
soy capaz de recordar su voz 30 años después.


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