16 de marzo de 2009

Expedición a la ITV

Mi moto es una scooter y está ya muy viejita. Nunca ha corrido demasiado, pero tirar tira lo suyo, es una atleta de fondo y parece hecha de titanio porque en 11 años no se ha roto JAMÁS. Hoy hemos vuelto a pasar la ITV, y hemos vuelto a hacerlo en donde siempre, porque sacarla por esas carreteras de dios es muy arriesgado dada su escasa entidad y los 90 kms/h que alcanza sólo en rectas y sólo si éstas poseen nula inclinación hacia arriba.

Llegar hasta el Centro donde debo pasar la ITV... interesante. Debo desplazarme cada 2 años hasta allí y, pese a que la cantidad de datos inútiles que mi guarda mi cerebro de forma aleatoria es verdaderamente inconmensurable, este dato, la ruta para llegar hasta la ITV, no lo ha guardado jamás. Lo repudia por un mecanismo ignoto, lo regurgita y lo expele, para que yo tenga que volver a mirar una y otra vez Google maps, e intente llegar sin novedad.

Por qué. Bien. Cuando se llega al final de la última calle civilizada de mi ciudad, uno emprende el camino a lo desconocido. Por séptimo año me digo "no tengo ni idea de dónde estoy", mientras contemplo un haz de carreteras, todo un criadero de fábricas de la más diversa índole, vallas publicitarias que se cruzan unas con otras y entonces la mitad ni se leen, y... esto es lo mejor... tendría que haber tomado una instantánea irrepetible... una flamante rotonda nueva, acompañada de no menos de 12 cartelitos indicativos, de diferentes tallas y colores. El ciudadano conductor que desconoce la zona tiene dos opciones: quedarse parado en medio de la rotonda observando los cartelitos hasta que los lea todos y así pueda dilucidar hacia dónde debe tirar. Ello provocaría las iras del infierno del conductor que le sigue, porque así somos de chulitos por estos lares: gran pitada acompañada de insulto terrible "pasmaaoooo... mííírale ande paraaa!!!".

Opción dos: A fin de no entorpecer la circulación, el cívico conductor se da tantas vueltas a la rotonda como veces necesite leer los cartelitos hasta que encuentre el cartelito deseado, active el intermitente cuando corresponda, y sí, tire. Eso hice yo con la motito, darle vueltas y vueltas hasta que opté por salir todo tieso y seguir por una carreteruca que ya me sonaba, por los baches. Y claro, como es tan remota, no sólo no le han arreglado los baches sino que ahora había MÁS baches, cientos de baches infinitos que se habían reproducido espectacularmente.

Y tanto bache me recordó al puentecito. Había un puentecito por alguna parte, como salido de una película de los años 30. Imaginé que ya lo habrían hecho desaparecer y permutado por uno de esos puentes industriales de mucho postín y más hormigón... pero no, ahí a lo lejos estaba el puentecito. Recoleto, pequeño, justo detrás de una curva, donde se estrecha la carreterita (mil baches, no hay señal de tráfico que indique la curva, que es muy cerrada, ni señal que advierta del estrechamiento de una vía ya de por sí angosta, los baches a medida que uno va llegando al puentecito, aumentan exponencialmente. Nota: Los amortiguadores de los scooters están hechos para vías urbanas SIN baches).

Voy a cruzar el puentesito y está todo en sombras en un día de mucho sol que era hoy. Deslumbrada por el sol, al entrar en zona de sombras veo más bien poco. Debajo del puentecito hay charcos de agua por todas partes, barro, montañitas de arena, baches tantos baches y al final de todo un... ¿bachón? Iba a llamarlo bachezón para darle más énfasis, pero bachezón suena a pezón, y no quería yo evocar nada raro. Estamos en una moto, debajo un puente en sombras donde hay charcos, barro y baches, no se me desvíen los señores por favor.

Me concentro en el barro, los charcos, los bachecitos, el terreno está difícil y quiero prever el momento de llegar al bachón para no cometer errores. Voy tan concentrada en cada bachecito, pasándolo poco a poco sin poner los pies en el suelo para no calarme los vaqueros, adelantando la rueda de delante con todo el tiento del que soy capaz, que cuando quiero prever el bachón, lo tengo encima, y me lo trago, y lo que pienso es que me voy a ir abajo, al puñetero bachón, y donde me voy es arriba, porque delante del bachón había un piedrón, y como la física mola, siempre ha molado un montón, el piedrón ha hecho que la rueda delante se impulse hacia arriba, por lo tanto la rueda de atrás sigue avanzando, no en paralelo, se traga el bachón, de soslayo pasa por el piedrón, se eleva un pelín, y de inmediato, ruedas, moto, y yo, acabamos en la meta volante (nunca mejor dicho) siguiente, que era el charcón, un charco de barro interesante y grande él, donde hacemos ¡¡CHOFFF!!, atención, sin habernos caído al suelo, y por fín, en este momento, recupero el control del vehículo y puedo accionar las palancas de freno.

He exclamado exactamente esto "¡¡casi pringamos!!" con una sonrisa triunfal, todavía dentro del puentecito. Claro que entonces aún no había visto los resultados de mi inmersión en el charcón. Acelero, atravieso un tramo de dos kilómetros en obras que parecía una gymkhana, y sí, por fín llego a la ITV, donde milagrosamente no hay colas, ni esperas.

Me acerco a la ventanilla con mis papelitos, y es de estas veces en que todo sucede en tan solo 10 segundos:

- me visualizo en el cristal: numerosas manchas de barro de todos los tipos y tamaños tapizan mi pelo, jersey (color claro) y vaqueros.
- la chica de detrás del cristal está muy embarazada. Yo asocio embarazo a bebé (con increible pericia), bebé a meconio, meconio a más cacas, cacas a barro, barro a mi persona.
- creo necesario mirar a la chica y aclarar "No! si ES barro..."
- la chica adelanta su tripón y dice inmisericorde: "me das el permiso de circulación y la tarjeta de revisiones..."

Si pensó "esta tía es tonta", "vaya pinta me trae", "le ha cagao un avestruz", "sí, se nota que es barro y no caca", "pero dónde se habrá caido la inútil...", jamás lo demostró. Qué profesional...

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