Y menos mal que nunca las verá. Huestes indignadas, hordas de jinetes a lomos de Twitter, expresando en sus breves (afortunadamente) 140 caracteres, su repulsa ante tamaña violación de la libertad de expresión. Norteamérica se sube a Twitter y grita que a Mark Twain le censuran su Huckleberry Finn arrancando de él la palabra NIGGER para sustituirla por SLAVE. En la nueva edición de esta maravillosa obra ya no aparecerá ni una sola vez NIGGER, ni una.
Y una Norteamérica furiosa esgrime durante dos días sus argumentos aporreando teclados de portátiles, iPads, móviles y demás ingenios electrónicos, pidiendo libertad de expresión, pero... absurdamente escondiendo la palabra NIGGER detrás de un necio y minimalista, pero siempre políticamente correcto, término: N-WORD. Los mismos que claman por la libertad de expresión se autocensuran a sí mismos. Cuando, en medio de toda esa turba de letras, lanzas un tweet donde sí está escrita la "palabra prohibida", hay quien, paradójicamente, te llama racista. Si te lo llama a ti, piensas, se lo está llamando también al autor cuya libertad defiende por la misma razón que tú, y por la misma palabra que tú has pronunciado.
Hace no muchos años recordaba a veces, y sólo a veces, 1984, el libro de Orwell al que cada vez más gente hace mención cada vez más a menudo. Porque cada vez más a menudo se reescribe la historia tal y como conviene en según qué momentos. En el periodismo ya se hace cada día. Algunos libros de historia dicen una cosa o dicen otra, según en qué zona de según qué país e incluso dentro del propio país dependiendo de a dónde vayas (sin ir más lejos, miren el nuestro).
Y ahora van a empezar a cambiar también las grandes obras de la literatura universal.
Sinceramente, yo lo que creo es que desde aquí nos vamos directamente a la mierda y no hay vuelta atrás.
Hace 2 días


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