22 de enero de 2011

Ideas por dinero

Confieso no leer habitualmente a Mi Mesa Cojea, y confieso que exactamente dos minutos antes de leer el último post de MiMesaCojea iba a comer, porque me cruje el estómago por todas partes. Pero no puedo.

Cuando a alguien enamorado de escribir como soy yo, le bulle una idea en la cabeza, es imposible, IMPOSIBLE, dejarla escapar. Sí, podría apuntarla en un .txt, comer, y dejar el desarrollo del texto para después, pero entonces no sería lo mismo. Una idea que flota en la cabeza hay que desarrollarla en ESE preciso momento y no después, porque después, las palabras, la inspiración, todos los hilos que se unen a ese núcleo que es el primer fogonazo, se han diluído.

Hasta aquí, un primer esbozo de lo que el post de Mi Mesa Cojea me ha inspirado.

También soy socia de la SGAE, pero sólo porque hace muchos años era letrista. De aquellas pocas canciones cobré una muy ridícula cantidad de dinero (en pesetitas, sí). Después nunca he vuelto a publicar nada, no porque lo haya intentado y me haya recorrido múltiples editoriales y todas me hayan dicho que no. Ni siquiera he emprendido esa lucha. Pero sí, hay un pendrive lleno de proyectos por limpiar, siempre por limpiar. Y son proyectos que han ido pasando de ordenador a ordenador y que ahora están allí, en ese pendrive, esperando a que los desempolve y los saque a la luz.

¿Los derechos de autor? ¿La Ley Sinde? ¿Los libros bajándose impunemente todos los días sin pasar por el candadito del DRM o por las librerías de siempre?

Podéis pensar que es muy fácil para mí dar una opinión sobre este asunto, dado que que ni la literatura, ni la música, ni el cine me dan de comer. En cualquier caso, me arriesgo.

Puede ocurrir en cualquier momento, mientras me ducho, durante un trayecto en moto, o estando en la cocina. De repente llega Su Real Majestad: LA IDEA. Es necesario estar delante del portátil cuanto antes para poder plasmarla. Me brillan los ojos. Cuando trato de transmitir a la pantalla lo que fluye desde mi cerebro y los dedos se deslizan sobre el teclado, sintiendo que tengo una buena historia entre manos, la sensación que me domina debe ser muy parecida a la de un científico que ha dado con algo grande en su laboratorio. Y no paro de escribir. Es adrenalina pura, y se me escapa por cada poro de la piel. Luego releo. Y sonrío. Y corto por aquí, y añado algo. Y vuelvo a releer. Pero el momento cumbre de lo que llaman pomposamente el proceso creativo, el que más disfruto, con diferencia, está al principio del párrafo.

A eso se refiere, creo, Mi Mesa Cojea, cuando habla del privilegio de ser un creador. Eso, señores, no se paga con dinero. Y hay otra cosa más. Que alguien lea lo que has escrito y sinceramente te felicite por ello, y sea capaz de vivirlo, si no como tú lo has vivido (eso siempre será imposible), también de una forma especial, tampoco, eso tampoco se paga con dinero.

Así que, sí, los derechos de autor supongo yo, deben estar muy bien. Pero no, no es algo en lo que piense cuando imagino cómo podría ser ver una obra mía en las librerías o comprobar que alguien se ha bajado algo escrito por mí para poder leerlo en su ebook.