Ahora ya no llego a mi centro de trabajo en transporte público (odio esta expresión, Centro de Trabajo. Me hace sentir todavía más hormiga, o más abeja obrera. Centro de trabajo, así en genérico, es en mi imaginación un gran edificio de hormigón provisto de minúsculas ventanitas que se va tragando a centenares de personajillos clónicos con tristes vidas clónicas y ocupaciones igualmente clónicas).
Hasta hace no mucho tiempo sí hacía uso del autobús (jamás del Metro, aunque hubiera podido, porque Metro de Madrid vuela. Sin embargo, me resulta imposible dejar de sentir una aversión irrefrenable hacia el mero acto de desplazarse por los subterráneos, sin ver la luz. Es cierto que una se ahorra mucho tiempo, pero: incido en el hecho de que no se ve la luz en la mayor parte de la red de Metro de mi ciudad, una se expone a multitud de vejaciones que van desde el puro y simple empujón/codazo hasta el gozo y disfrute obligatorios, no se puede elegir en tales circunstancias, de los más repugnantes olores corporales y no corporales (a ver, si alguien lleva un queso de dudoso origen y fecha de caducidad, unos huevos o unas patatas, oiga), y, por último, pero no menos importante, una se ve avocada a la obligatoriedad de perder por completo su espacio vital, y eso que en España éste está muy cerca del ser físico de cada individuo, pero en el Metro a hora punta es NULO. El cuerpo de una se aplasta indistintamente contra los cuerpos de otros, por el efecto de la inercia; una se bambolea involuntariamente, una se desmorona alguna vez contra alguien, una sufre pisotones, una se siente ganado lanar, bovino o porcino, y no, señoras y señores, una, si puede evitarlo, lo evita, y si tiene que viajar en transporte público, escoge el autobús, ve la superficie de su bella ciudad y sufre aglomeraciones pero en menor medida.
El autobús, señoras y señores. Sorprende pensar en lo diferentes que resultan entre sí los autobuses urbanos de los interurbanos en cuanto a contenido y sonidos emitidos por sus usuarios. En un autobús urbano de mi ciudad entre las 7:00 y las 8:30 de la mañana, normalmente uno oye pocas cosas, pero siempre hay alguien dándole a la lengua a través del ubicuo móvil. Siempre. Sin embargo, el silencio quasi sepulcral, roto quizá por un leve murmullo que puede darse en el entorno urbano contrastará vivamente con lo que uno puede escuchar en cualquier autobús interurbano durante ese mismo intervalo horario.
Y esto, señoras y señores, es lo que yo vivía en directo cada mañana hace no mucho tiempo, durante 45 minutos, en un autobús interurbano, entre las 7:30 y las 8:30 o 9:00 de la mañana. Esto, señoras y señores, refleja un trozo tan vivo y tan presente de nuestras tribus urbanas, de nuestro día a día, que Almodóvar debía hacer un corto si alguna vez lo leyera, o usarlo en alguna de sus pelis:
El vehículo da cabida a unas 40 personas. Somos unas 70 y los que van de pie se apretujan unos contra otros. La mayor parte, habida cuenta de la hora, van dormidos, con cascos mp3 o sin ellos, o en modo de ahorro de energía, mirando al vacío. ESO, señoras y señores, es LO que el cuerpo pide a una persona normal a ESA hora. Son las 7:30 de la mañana, por dios, todavía no te ha dado tiempo a preguntarte ni qué día es hoy, ni si sigues teniendo 5 dedos en cada mano... Otros se conocen entre ellos, y hablan bajito, pausadamente. Yo sería incapaz de articular una conversación fluida en ese momento, de hecho si veo a alguien conocido suelo hacerme la dormida con pasmosa habilidad.
Ah, pero siempre hay elementos discordantes en esta aparente armonía matutina del transporte colectivo.
Mis intentos de desconexión del mundo real se ven constantemente interrumpidos por semejantes seres que de pequeños debieron ser niños hiperactivos (y como todavía no se había descubierto tal dolencia, sus padres nunca lo supieron). Me consuela darme cuenta de que no sólo me molestan a mí. Muchas veces he sorprendido las mismas miradas diabólicas tipo Damien en otros usuarios igualmente contrariados que, como yo, sólo desean sumirse en la nada mental y que, también como yo, desconocen las sabias técnicas que usan los lamas del Tibet.
A saber:
- - El niño o niña sordos que llevan los cascos a todo meter, con música de mucha batería y con los bajos a tope (qué empeño el de los fabricantes desde que salió el puto MegaBass coño.... que no! a ver si aprendemos a ecualizar con equilibrio...). No me gusta tu música, prefiero la mía, y la llevo a volumen normal. No te enterarías ni aunque estuviera escuchando Highway to Hell... Respeta al resto, sorderas.
- - El niño o la niña que NECESITAN a toda costa comunicarse con la pareja para contarle a grito pelao lo que han desayunado, la ropa que llevan, que si el cuñao se ha cortado con una broca del 14, o qué risa Buenafuente ayer. La conversación suele ser francamente para meterles la cabeza en el vater y tirar de la cadena. Coincide tristemente que la voz de ellas es de pito total. No podían una voz un poco grave y sensual, y/o hablar un poco bajito, NO. Tenían que venir con todo el kit. Voz de pito, hablar a gritos y encima decir tonterías... Cuando me desplazaba en este autobus me preguntaba por qué estas personas sentían la necesidad de comunicarse, por qué a estas horas, y por qué para decir estas cosas. Nunca encontré la respuesta. Vale igual para los tíos, pero lo siento, las tías dicen (decimos? no, todas no, lo siento) más chorradas... y se las oye más.
- - El grupito mixto de colegas. Comentan las jugadas del día anterior, critican a la jefa o al jefe, hablan de lo que les tocará hacer hoy, del partido de ayer, y de la porra de mañana. Curiosamente, lo juro, y no hablo del mismo grupo, esto también lo juro, de verdad, porque de hecho tampoco hablo del mismo autobus... en este tipo de grupos, milagrosamente, SIEMPRE, hay un José Angel, SIEMPRE hay una Raquel, y casi siempre hay una Pilar. Este último es un nombre más que habitual, no así los dos primeros. De verdad, cada vez que asistía al coloquio matutino de transporte colectivo y oía hablar de José Angel, me decía "hombre! ahistá! El tito José Angel!". Si tocaba grupito, eran ruidosos, comentaban hasta la extenuación, como si fueran las 12 de la mañana y llevasen despiertos 5 horas, y claro, mi sesteo estaba abortado de cuajo.
- - Había dos chicas, y estas sí que eran siempre las mismas, compañeras de trabajo (no del mio) con las que solía coincidir en el mismo autobus.
Una era reivindication woman. La otra era yotescuchoconpaciencia. La primera vozdepitocarapito. La segunda todo lo contrario. Su voz me teletransportaba a una habitación con chimenea donde había una mecedora con almohadones y una amable señora sentada con un gato en el regazo. Su voz tan melosa, suave y acariciadora que casi te daban ganas de quedarte ahí a escucharla. Esa era la voz de la compañera escuchante. Lo malo es que como escuchante casi no hablaba. Carapitovozdepito hablaba, y hablaba, y hablaba, y reivindicaba sin parar.
Se pasaba todos aquellos viajes en autobús con destino al Centro de Trabajo yendo virtualmente a las barricadas y cuando su escuchante iba a contestarle con su melodiosa y acariciante voz, Carapitovozdepito la cortaba, y tracatrás! otra vez a las barricadas. Era como la tortura china de la gota. Todas las mañanas. No sé qué habrá sido de ellas, pero me puedo imaginar que aquella santa escuchante pueda necesitar ayuda psicológica después de semejantes torturas verbales (o eso, o se ha comprado un coche, que también...).
Hoy es hoy, me debato entre varias emisoras de radio mientras acelero y cambio de marcha, me trago el atasco a la salida de Madrid, sí, y ya no puedo sumirme en la semi-inconsciencia feliz de los 45' en autobus interurbano... pero no me importa. Pueden ustedes pensar que actúo muy en contra de lo ecológicamente deseable y sostenible. Les dejo que lo piensen, sólo si también tienen en cuenta que:
a) probablemente que no lo hiciera no afectaría en nada al planeta
b) probablemente este status no vaya a durar mucho tiempo más
c) probablemente (vamos, con un 100% de certeza, diría) el avión privata de Al Gore contamina mucho más que mi coche cada vez que el pollo se traslada de un lado a otro del globo a hablar sobre el calentamiento global... paradojas de la vida.
PD: Como reza un dicho popular del periodismo... Facts are sacred, comments are free.
Hace 3 años


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