En el cuarto de baño, además de efectuar tareas propias de tal entorno (ya saben, pis, caca, pedos, en fín...qué les voy a contar), también se duermen resacas, se saca uno mocos, da uno puñetazos al aire en momentos de máximo estrés, se mantienen conversaciones a través del móvil, y además, en el cuarto de baño se lee, y sobre todo, se medita, se medita mucho acerca de una serie ilimitada de cosas.
Lo cual me ha llevado a un escalón superior en cuanto al asunto de los reductos se refiere.
Qué pasará cuando alguien invente un eficaz y diabólico LECTOR DE MENTES
Antes o después alguien será capaz, y entonces estaré jodida de verdad. Porque mi cabeza piensa, piensa muchas cosas y las piensa demasiado rápido, especialmente estando en presencia de cualesquiera jefes patanes (hay tantos por estos mundos del Maligno...), que, armados con semejante trasto presentarían una carta de despido en 0,07 segundos, los justos y necesarios para sacar de mi cabeza cualquier exabrupto digno de un estibador irlandés.
Cada vez son menos los lugares donde uno puede estarse tranquilamente sin que le miren. Todas esas camaritas que andan poniendo por la calle (en vez de contratar más policías), y en las empresas (sin comentarios) me hacen sentir un ratón blanco de laboratorio, observado a cada paso, escrutado en cada momento.
Y si no me gusta que me espíen ni que me controlen, imagínense ustedes lo que opino sobre que me lea la mente un aparatito, o, ya que estamos, sobre que me lea la retina o la huella dactilar un escáner, como ya ocurre por ejemplo en el aeropuerto JKF de Nueva York y en otros muchos. Todavía no he ido desde que se puso en marcha esta novedosa tecnología, pero vamos, sólo con eso ya se me quitan las ganas.


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